San Agustín de Hipona (354-430), es el más grande de los Padres de la Iglesia y uno de los más eminentes doctores de la Iglesia occidental, nació en el año 354 en Tagaste (Argelia actual).
Es una de las figuras más importantes y de mayor autoridad del periodo patrístico, además es fuente de inspiración para pensadores de todas las épocas; Anselmo de Canterbury, Tomás de Aquino, Lutero, Descartes y tantos otros han sido influenciados por él. San Buenaventura dijo de él: “Nadie ha dado más satisfactorias respuestas a los problemas de Dios y del alma que San Agustín”.
Según Agustín los hombres tenemos la capacidad de obrar mal o bien gracias al libre albedrío de nuestra voluntad, al contrario del dualismo maniqueo (religión a la que perteneció por nueve años) que afirmaba que el interior del hombre era un campo de batalla para los principios cósmicos del bien y del mal que se entreveraban en una eterna lucha, de cuyo resultado dependía el obrar del hombre. El mal surge de la mezcla entre la naturaleza espiritual y la corporal, de la unión entre alma y cuerpo.
El maniqueismo (religión que profesó San Agustin por nueve años) afirma que el alma mala es propia de la carne, carne que, a su entender, pertenece también a la raza de las tinieblas; la buena en cambio, procede de la parte adventicia de Dios, que luchó contra la misma raza de las tinieblas, en consecuencia de la cual se mezclaron. Todo lo bueno que hay en el hombre lo atribuyen a dicha alma buena, y, al revés, todo lo malo al alma mala. Así los maniqueos consideraban que el hombre obra mal cuando triunfa la oscuridad, el principio malo, la materia, el sumo mal, por sobre la luz, el principio bueno, el espíritu, el sumo bien. Pero para Agustín el mal surge de la voluntad del hombre, que es libre. El pecado no reside en ningún otro lugar, sino en la voluntad.
San Agustín, luego de convertirse a la religión cristiana, fue dejando información a través de los tiempos y podemos darnos cuenta que su vida y sus obras tienen relevancia hasta la actualidad. San Agustín nos demuestra cómo la información puede transmitirse a través de los tiempos y puede llegar a ser eterna.
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